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sábado, 3 de mayo de 2014

De esas noches con encanto


Ayer por la noche, mientras apagaba las luces de la biblioteca, la suave melodía de un piano me hizo estremecer de emoción. Era extraño porque todos los parlantes de la casa estaban silenciados. Guiado por la curiosidad, me dirigí hasta la computadora que aún seguía encendida, para buscar entre esas páginas que se abren y comienzan a sonar, el origen de la música. De todas maneras, lo que escuchaba se asemejaba más al sonido porducido tras la apertura de una vieja caja musical, que a los estridentes ruidos invasivos de la publicidad virtual.
Era algo  cálido,  tenue; invitaba a cerrar los ojos y dejarse llevar…
Permanecí algunos minutos en ese estado de quietud y paz, escuchando el piano, sin preocuparme por intentar dar con el nombre  ni el autor de la pieza; sin siquiera pensar. Esa calma agudizó mi sentido auditivo y dirigió posteriormente mis pasos hacia la fuente de donde emergían los acordes.
Me encontré nuevamente en la biblioteca, ojeando un libro que había transformado el siete de su tapa en notas musicales, y todas las palabras de la página 29   en pentagramas, que una virtuosa y entrañable profesora de música leía afanosamente posando sus delicadas manos sobre las teclas del piano en que se habían transformado los libros del librero.
Más allá de lo que digan las malas lenguas de aquel mal educado y septimziado libro, Sarita Cappelletti aún transita las aulas bahienses, sembrando arte y tocando las cuerdas en los corazones de pibes cascoteados y humildes, que bucean desesperados en los límites de su identidad tantenado la salida de emergencia.
No hay nada como la música para lograrlo. Ella lo sabe, ellos también, y yo tengo la dicha de tenerla como concertista permanente entre las palabras que los evocan.
Gracias por la visita, por tus historias, por tu alegría que contagia vida, por honrarnos con tu grata presencia. Y gracias por lo que se viene…

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