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sábado, 6 de diciembre de 2014

Permanencia y cambio (palabras para una despedida)





Todos los miércoles desayuno con esa mujer en su casa, la que fue también mía hasta hace unos cuántos años –me pregunto si alguna vez deja de ser de uno la casa en la que crecimos, si logramos deshacernos del embrujo y los encantamientos que allí nos dejaron brotar, donde aprendimos el juego de la dicha al sonreír, y donde la tristeza y el amor nos desvelaron por primera vez- En esa casa, mi madre me recibe como si el tiempo se hubiese detenido. Los sillones siguen ostentando el estampado violeta decorado con ramos de colores, siguen cubriendo las ventanas las cortinas que confeccionó Rosa, una vecina que por entonces vivía en una casa frente a la nuestra. Sigue estando la misma lámpara sobre la mesa ratona, esa que permanecía encendida cuando mis hermanos o yo estábamos fuera hasta entrada la madrugada, y que nos esperaba sin prisa para que no erráramos en el hueco de la cerradura,  evitando también, que chocáramos la mesa al pasar por la cocina. También, siguen allí, huérfanas de lecturas, todas las cartas que recibía cuando aún no existía computadora en el seno de nuestra familia, y no era habitual o tan masivo el correo electrónico; Varias cajas guardadas en la que fue mi última habitación, repletas de papeles con letras diversas y tintas de colores, ornamentos, dibujos, recortes, poesías y fotos. ¿Te acordás de ese día? Me dijo mi vieja mostrándome una fotografía que encontró mientras acomodaba. A ver, mmmm ¡¡¡ahhh sí, cuando terminé el secundario!!! le dije.
Al ver aquella foto el tiempo se despabiló y pego un salto hacia atrás. La imagen de la fotografía era la de un muchacho delgado, con el cabello frondoso y repleto de bucles, con una sonrisa triste, como mueca de payaso. A mi lado, una mujer delgada, de tez trigueña y piel suave, morocha y también con su cabellera repleta de rulos. Atrás, una rúbrica y una sentencia “No cambies nunca” firmado: mamá.
Levanto la vista, y vuelvo a recorrer la habitación mientras mis ojos se humedecen, como sentencia el Nano en aquellas pequeñas cosas. Observo que el tapizado de los sillones está desgastado y sin brillo, seguramente de tantas siestas dormidas en ellos, de tanto que saltamos o comimos sobre sus almohadones, de tanto que los disfrutamos al hacer guerras con sus entrañas de guata y plumas. Observo las cortinas que por lo bajo están deshilachadas y rasgadas de todas las veces que se treparon los gatos. Y vuelvo a mirar la lámpara, ahora opaca y cubierta de esa negrura que va dejando el polvillo sobre las felpas y plásticos a lo largo de los años. Observo mi cuerpo con algunos kilos más –unos cuántos- algunas partes sedientas de gravedad, con una deforestación considerable en la coronilla, algunas arrugas alrededor de los ojos –producto de la buena vida, dicen las brujas-  escondidos detrás de unos anteojos que me permiten enfocar el mundo –y no errarle a la tapa del inodoro-
Me despido de mi madre, la de la foto y la que sigue sentada allí a mi lado, más avejentada, con el pelo teñido para cubrir las canas que fueron apareciendo, con más pachorra que la habitual pero mucho más feliz que entonces, cuando con mis hermanos le hacíamos la vida más frenética y ocupada.
“No cambies nunca” bella ironía, deseo perverso y estoico de permanencia. Durante mucho tiempo repetí esa frase, como muletilla, en muchas cartas, mails, en forma personal.
Imaginemos por un momento que sus hijos, nietos, bisnietos y tataranietos heredan los almuerzos y cenas de doña Mirtha –menos mal que la Parca toca la puerta de todos, a algunos más tarde que temprano, pero se la toca (la puerta)- O imaginen a esos mismos niños y jóvenes en un aula con la señorita Vivi explicando la relación entre capitalismo y globalización –Menos mal que existe la jubilación, porque si así no fuera, habría escarpines y mantitas para todas y todos- Imaginen por un momento que los estudiantes (ustedes mismos) no pasaran nunca de año –agradezcamos que existe la promoción y el egreso, los juegos del hambre cambiarían la estrategia y pasarían a ser juegos del desmadre- O pensemos que Patri sigue viniendo cada viernes a cebar mates, con el riesgo de que alguno contraiga­­­ una enfermedad verdérea, y que Moni me siga convidando chocolates hasta que me convierta en la réplica exacta del muñeco de Michelin; que las chicas de tercero sociales tarde sigan hablando, y hablando… y hablando, sin parar, como el helado –menos mal que termodinámicamente el frío no existe-, o convirtiendo la palabra en pintura y así, pintando y pintando nos dejaran a todos mimetizados con las paredes –Por suerte, Marta Minujín sólo hay una- Que tercero sociales noche prosiga con sus proyectos hasta que la escuela devenga PYME  dejándonos a todos sin laburo, y que tercero gestión prosiga sus intensas charlas de la química y el amor hasta que todo se transforme en un digno episodio para que Vargas Llosa largue la segunda parte de la Orgía perpetua.
“No cambies nunca” una más de esas frases hechas que guardamos en el inconsciente y que no pensamos, que utilizamos de manera tal que el canal comunicacional quede siempre abierto… “ya va a pasar” “tranquilo que todo estará bien” “al mal tiempo buena cara” “el tiempo todo lo cura” “no seas maricón, los hombres no lloran” “el que calla otorga” o “felices fiestas”.
Pienso –a veces ocurre el milagro, una vez al año y con eso me basta, sobre todo lo agradecen los estudiantes que, conociendo mi doctorado en despiste crónico, saben que pueden gambetearme con trabajos, fechas de examen y calificaciones, porque ante la incerteza, siempre dudo de mí mismo, aunque a ustedes les diga lo contrario- Cuando un hombre llora, cuando ocurre eso que las mujeres llaman milagro o ternura, el hombre que pasa cerca y lo ve llorar, enseguida piensa “¡Otro putazo! Y después dicen que no pueden reproducirse“. Ante esa sentencia, esposas y amantes del mundo, no se endulcen cuando vean a su hombre llorando en un rincón, lo más probable es que sea del otro bando y aún no esté preparado para abrir la puerta y salir a jugar.  El que calla ¿siempre otorga o será qué prefiere no enredarse en discusiones sin sentido? Y en caso de otorgar ¿qué se otorga? Por las dudas no se callen si la dignidad está en juego… griten, o en todo caso disfruten. Por otro lado, ¿cuáles son las cosas que pasan? ¿el colectivo, el tipo que sale a correr todas las mañanas, el perro de la vecina, el tiempo, la vida? Si hablamos del dolor o de la angustia cuando cosificamos sentimientos ¿no será que a veces es uno quien debe aprender a pasar por esas “cosas” desde otra perspectiva? ¿no será que nos endulzan tanto la idea de vida que rechazamos y ocultamos la tristeza porque no está bien visto andar mal de vez en cuando? Hay que aceptarlo, no siempre todo estará bien ¿no debería ser un reto, un desafío, el de aprender a vivir con aquello que duele o lastima a pesar de todo? ¿es cierto acaso, que las fiestas deberían ser siempre felices? “El año pasado para esta fecha me separé” dice una amiga que estaba harta de aguantar a su marido –quizá para ella serán felices fiestas- “Es el primer año que mamá no estará en la mesa el día de Navidad” “Me hubiera gustado mucho que papá me entregara hoy el diploma, pero ya no está en este plano” “Desde que me puse de novia otra vez, mi hijo no me habla” cuando la pena es urgente ¿qué sentido tiene dibujarnos la felicidad impuesta por la mera concepción de que toda fiesta debe ser feliz? No es mejor dejar lugar para que las lágrimas surjan, para abrazar, para respetar, para tocar el fondo, tomar envión y por principio mecánico volver a colocar la nariz en contacto con el aire? ¿No será acaso que se nos impone buscar la felicidad como una quimera en un intento de maquillar el resto de las emociones  socialmente no aceptadas?
“No cambies nunca”, ese mandato que obedecemos inconscientemente –como a todos los mandatos- y al que sucumbí durante muchos años como si mi vida fuera un átomo, indestructible, fijo e inmutable, dejándome en un estado de latencia que no me dejó crecer -¿será ese el secreto de la eterna juventud?- Seguramente alguno de ustedes, o la mayoría, utilizó o utiliza esa frase al hablar con sus hijos, con sus amigos o sus pares. Es muy común en esta época del año, con los actos de egresados –como éste-, la Navidad y el Año Nuevo. La repetimos en los labios, en las redes sociales, en las tarjetas, y sin darnos cuenta la esculpimos en el cerebro al que le damos la orden de permanecer inmutables, detenidos en las estructuras, en los pensamientos, en los hábitos que nos entorpecen el camino, en los vínculos que nos hacen daño, en los prejuicios.

Quizá, a algunos, nos falta –o faltó- comprender que somos moléculas, constituidas por átomos, únicas especies materiales que permanecen inertes al paso del tiempo desde el Big Bang, que no se crean ni se destruyen, pero que se casan y divorcian entre sí permanentemente, para conquistar el universo y sus constelaciones, para vivir el mundo, para cambiar y cambiarlo.

Sostengo desde no hace mucho, que existe un proceso psíquico-químico que involucra la acción ininterrumpida de avanzar hacia un punto, a través de una espiral infinita repleta de catalizadores, comburentes, combustibles, fuego, polvo y gases. Un proceso al que solemos llamar vida. Sólo quién honra la vida descubre quién es, eso que la psicología llama Sí mismo, el principio de individuación de Young que escandalizó a la psicología freudiana y al que no se le dio lugar hasta hace relativamente unos pocos años. Todos los seres sintientes somos procesos en evolución y cambio, donde se evidencia cabalmente ese proyecto divino que llevamos dentro, eso que verdaderamente somos. En este sentido, a veces cometemos el error de adjetivar a las personas, adjudicándoles características que los disfrazan, convirtiéndolos en un modelo o en un espanta pájaros. Deberíamos aprender a escuchar y a respetar a los demás, a aceptar lo que leemos en su pecho, ese libro del alma que no solemos leer, como expresa el poeta Atahualpa Yupanqui.

Desde que somos gestados, las pautas y las normas regulan nuestra entrada y nuestro accionar en la vida social. Primero la familia, luego lo compañeros de colegio, los amigos, el deporte y las actividades culturales, las relaciones profesionales, el trabajo, los vínculos amorosos. Para todo hay reglas, hay definiciones, pautas a seguir.  Todo acto humano tiende a que seamos conscientes de ello y lo internalicemos, la escuela no escapa a eso. Pero lejos de ser algo que obstaculiza, es algo que necesitamos para vivir en sociedad. Virginia Gawel, una psicóloga de nuestro país, diría que vinimos a la vida para ser continentes, no islas. Pero para poder llegar a ser el continente que somos o deseamos ser, es necesario preguntarnos con qué aspectos de la sociedad nos identificamos y con cuáles no, para no terminar convirtiéndonos en autómatas a los que los medios de comunicación les impongan qué música escuchar, cómo celebrar,  de qué modo vestirse, divertirse, alimentarse o relacionarse. Muchas veces, para descubrir ese fuego sagrado que somos, la esencia, nuestros átomos, es necesario refugiarse en la isla que tenemos dentro, encontrarnos, diferenciarnos, replantearnos, preguntarnos y mimarnos, para luego, volver a poblar el continente que nos rodea.

Por eso hoy les digo, cambien, no dejen de alimentar con todo el combustible que tengan a  disposición ese proceso que son, y que hoy los deja en este nuevo punto de partida. Y no se desesperen si sienten que durante este proceso de egreso, una parte de ustedes muere; seguramente sentirán nostalgia y tristeza desde hace días, por los apurones diarios para poder llegar a clase a tiempo, eso que antes les daba fastidio y ahora comenzarán a extrañar; por ese espacio de recreo entre medio de tantas obligaciones, el mate entre tarea y tarea, el conventillo cotidiano; en definitiva, ese lugar de disfrute y crecimiento que les otorgó un espacio personal de logros y proyectos. Terminar el secundario es una de las tantas muertes en la vida de cada uno de nosotros. Pero la muerte implica vida; los átomos se desenganchan para volver a engancharse –¿se acuerdan de la teoría atómica?- y así volver a comenzar otro ciclo, esa otra vida que los espera tras esta etapa cumplida. A partir de ahora, seguramente afianzarán nuevos vínculos, habrán aprendido que con esfuerzo y disciplina todo puede lograrse, habrán adquirido otras herramientas para discutir con el mundo, para repensar ideas y aplicarlas en su entorno cercano, familiar y afectivo. Tendrán algunos colores más en el corazón con los que hacer cultura, y algunos lápices nuevos para ponerle letras a ese dolor que antes los dejaba sin habla.

Ojalá hayan comprendido que aprender implica equivocarnos, y  es a través de esos errores que ya no seremos los mismos, habremos cambiado. Como dijo el filósofo Heráclito “Ninguna persona se baña dos veces en el mismo río”. Por eso, cada vez que acudan a meter los pies en el agua, es mi deseo, que puedan sentir que han crecido, que han cambiado, que a pesar de los tropezones y las elecciones equivocadas, han encontrado el mapa que a cada uno de ustedes los lleve siempre hacia el Sí mismo; y que pueblen el continente deseado, y no el que las pautas o los prejuicios les quieran imponer.

Ángeles Mastretta afirma que la felicidad no se busca, se encuentra. Quizás, encontrar la felicidad implique la  búsqueda incesante de la alegría como fuego sagrado. Quizá, encontrar la felicidad es verlos hoy allí, con los ojos brillosos de donde brota la meta cumplida, un sueño que dejó de ser incompleto para  fertilizar esos otros que nos empeñamos en sujetar. Quizá, la felicidad, esa utopía que Eduardo Galeano nos enseñó a perseguir para que aprendamos a caminar, no sea otra cosa que el final de la existencia. O tal vez, la felicidad se esconda en la curiosidad, como dice Alice Munro, o devenga de un esfuerzo desmedido por conquistarla.
Mientras tanto, la busquen o prefieran encontrarla –como en el amor- , sea un producto de la curiosidad o del esfuerzo, la persigan como quimera o luchen para conquistarla, no dejen de cambiar cuando sus moléculas se agiten y busquen desenfrenadamente modificar sus estructuras. Despreocúpense y avancen, porque los átomos de la esencia permanecerán siempre allí, marcando el sendero, iluminando la vida, forjando con llantos y risas la felicidad en cada uno.

Recuerden que lo único que permanece, es el cambio.